La medida del riesgo
De una reserva natural cerrada por barro a un cerro administrado por un privado: sobre paternalismo estatal, incentivos bien diseñados y la libertad de decidir cuánto riesgo correr.
Una reserva cerrada por barro
A inicios del año pasado, un domingo cualquiera salí a hacer mi tirada larga y se me ocurrió ir trotando a la Reserva que está detrás de Ciudad Universitaria. Debido a las lluvias de los días previos, el suelo estaba embarrado y resbaloso, por lo que alguien había decidido cerrar las puertas impidiendo el ingreso.
Desilusión primero, enojo después. En alguna parte, un tercero decidía por mí lo que estoy capacitada o no para hacer y la medida del riesgo que estoy obligada a correr.
Ante mi reclamo manifiesto, las Guardaparques me explican que si yo paso y me accidento es su responsabilidad. Entonces me pregunto desde cuándo es menester del Estado definir qué tipo de riesgo debemos correr los ciudadanos y, si lo pienso dos veces, tampoco es claro por qué si yo paso, me patino y me doy un porrazo, sería responsabilidad de las Guardaparques (o del Estado) correr con las consecuencias cuando quien decidió pasar fui yo.
Perdemos cada día algo de nuestra libertad y no parece que estemos cayendo en la cuenta.
La libertad y las decisiones acarrean necesariamente la responsabilidad sobre las consecuencias, y ahí es donde fallamos y delegamos en papá Estado que decida cuándo y bajo qué circunstancias podemos hacer y no hacer. Porque luego le reclamamos porque nos caímos en la Reserva.
Un privado que confía en el visitante
En mayo de ese mismo año fui a escalar el cerro Tres Picos en la Provincia de Buenos Aires, lugar administrado por un privado: registraron mi ingreso y me pidieron avisar mi salida, me brindaron información útil y recomendaciones. En otras palabras, me trataron con respeto y dejaron que yo decidiera cómo hacer la travesía. Por el contrario, si decidía subir a la Sierra de la Ventana (tal era mi plan original) estaba obligada a hacerlo en compañía de un guía, a su ritmo y bajo sus órdenes, mientras que en Tres Picos me proporcionaron cuantiosa información y recomendaciones sin obligarme en momento alguno a acatarlas.
No sólo eso, sino que la administración cobra una suma módica adicional, que se devuelve al montañista si notifica su descenso no más allá de una hora determinada. Tengo un incentivo para regresar temprano y avisar, reducir la incertidumbre y eventualmente apurar una eventual necesidad de rescate.
El mercado y los incentivos bien aplicados sí funcionan.
El exceso de proteccionismo y su reacción natural
Y aunque yo pensaba que estos males proteccionistas no me seguirían a todas partes, me tocó ver en Madrid zonas de juegos infantiles encintadas todo el día por las altas temperaturas (¿de veras alguien cree que un padre va a llevar a la plaza a su hijo con 40°C al rayo del sol?) o parques con sus accesos cerrados con candado por lluvia y mal tiempo. Claro que son tontos, pero no tanto como para cerrar el que daba directo al restaurante: ése sí estaba abierto, y tanto por allí como por entre las rejas, vecinos con hijos y perros pasaron a disfrutar de lo que quedaba de su tarde de domingo.
Al exceso de proteccionismo, le sigue la reacción natural del hombre libre.
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